Primera Proclama Ecológica

Un Poco de Historia:

La Primera Proclama Ecológica conocida en el mundo fue realizada por el Jefe Seattle de la tribu Swamish, habitantes entonces de los territorios del noroeste americano, lo que hoy es el estado de Washington y perteneciente a lo que hoy conforma los denominados Estados Unidos de Norteamérica.

En 1854, el Jefe Indio Noah Sealth de la Tribu Suquamish realizó una encendida proclama de defensa del planeta ante el enviado del presidente de EEUU, que quería comprar la tierra de sus ancestros.

En enero de 1854, el veterano Jefe Indio de la Tribu Suquamish puso su enorme mano sobre la cabeza de Isaac Stevens –enviado especial del presidente norteamericano Franklin Pierce– para contestarle a la propuesta de compra efectuada por Estados Unidos sobre su tierra ancestral. Aquel acto, pleno de pesimista resignación ante lo inevitable, pasaría a la Historia como el primer discurso en defensa de la ecología.

A principios del Siglo XIX no faltaban aventureros que se internaran en las montañas o atravesaran los bosques de Estados Unidos en busca de oro y pieles. Sin embargo, su codiciosa temeridad provocó la reacción hostil de los nativos que, desde hacía milenios, habitaban esas tierras en completa armonía con la naturaleza y los espíritus sagrados.

Los combates esporádicos entre rostros pálidos y pieles rojas desembocaron en batallas campales, y los primeros muertos blancos –en su mayoría mineros, tramperos o buscavidas– fueron vengados sobradamente con la masacre de aldeas enteras.

En la década de los 30, el Gobierno de Washington estableció los límites territoriales para el asentamiento de algunas tribus desposeídas de sus lugares de caza. De ese modo, las denominadas naciones indias civilizadas –Cherokee, Choctaw, Chickasaw, Creek y Semínolas– se vieron forzadas a tomar el camino del éxodo en lo que ellos mismos denominaron «La Ruta de las Lágrimas». Un ignominioso peregrinaje que dejó miles de muertos en el camino y otros tantos supervivientes humillados que llegaron como parias al sitio que los blancos les habían asignado entre el oeste de Missouri y el norte de Texas.

En los decimonónicos años 50 le llegó el turno a los territorios distribuidos por el actual Estado de Washington, y fue aquí donde surgió con fuerza la figura de un respetado Jefe Tribal llamado Noah Sealth, quien se erigió en oportuno mediador entre su amenazado pueblo y los voraces colonos.

El considerado primer ecologista de la Historia vino al mundo hacia 1786 en Blake Island (Estado de Washington), justo cuando las epidemias llevadas por los pioneros europeos causaban estragos entre las tribus indias asentadas en la zona. Su padre fue Schweabe, Gran Jefe de los Suquamish, y su madre, Scholitza, pertenecía a la nobleza de los Duwamish.

El pequeño Sealth creció bajo la influencia de su carismático progenitor mientras se preparaba para asumir el liderazgo de su pueblo, asunto que aconteció cuando apenas contaba 20 años de edad. Durante ese tiempo se tuvo que enfrentar, junto a sus guerreros, a los constantes ataques ocasionados por tribus rivales a las que derrotó, dando muestras de absoluta valentía y determinación.

Estas virtudes le granjearon el respeto de los seis poblados que dirigía. Además, era admirado por su imponente apariencia física (1,82 metros), y por su poderosa voz, que lograba proyectar a unos 800 metros de distancia cuando ofrecía su elaborada y aclamada oratoria a los miembros de la tribu.

Sealth tomó dos esposas con las que tuvo abundante prole, de la que destacó su hija la princesa Angeline. En 1848, siendo ya un venerable anciano, decidió adoptar la religión católica. Con su familia se bautizó cerca de la localidad de Olympia (Washington), recibiendo en la pila bautismal el nombre de Noé Seattle, por el que sería conocido desde entonces.

Cinco años después, el presidente estadounidense Franklin Pierce le lanzó una oferta de compra por las tierras habitadas por los Suquamish y otros clanes. La propuesta incluía, además de paz y dinero, la creación de una reserva en la que pudieran vivir Seattle y los suyos. Según las difusas crónicas, fue en el transcurso de estas conversaciones cuando el Jefe Indio pronunció ante el mencionado delegado presidencial, Isaac Stevens, la sentida proclama de amor a la Tierra que ahora se veía obligado a abandonar por causas imperativas y que concluía de la siguiente manera:

«¿Dónde está el bosque espeso? Desapareció. ¿Qué ha sido del águila? Desapareció. Así se acaba la vida y sólo nos queda el recurso de intentar sobrevivir».

El 7 de junio de 1866 Seattle falleció con 80 años en la reserva india de Port Madison. Hoy en día una de las principales ciudades del Estado de Washington lleva su nombre en recuerdo del ser humano que soñó con la convivencia entre dos mundos antagonistas.

Seguidamente transcribimos el texto de la proclama:

Así termina la Vida y comienza el Sobrevivir

El Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras.

El Gran Jefe también nos envía palabras de amistad y buena voluntad.

Apreciamos esta gentileza porque sabemos que poca falta le hace, en cambio, nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego y tomarse nuestras tierras. El Gran Jefe en Washington podrá confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma certeza con que nuestros hermanos blancos podrán confiar en la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables, como las estrellas.

¿Cómo podéis comprar o vender el cielo? ¿El calor de la tierra? Esa idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podrías comprárnoslos a nosotros? Lo decidiremos oportunamente. Habéis de saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para este pueblo.

Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta la memoria del hombre de piel roja.

Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás olvidan esta bella tierra, porque ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra, y ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra, y ella es parte nuestra. Las fragantes flores son nuestras hermanas: el venado, el caballo, el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las crestas rocosas, la savia de la pradera, el calor corporal del potrillo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.

Por eso, cuando el Gran Jefe en Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras, es mucho lo que pide. El Gran Jefe manda decir que reservará un lugar para que podamos vivir cómodamente entre nosotros. El será nuestro padre, y nosotros seremos sus hijos. Por eso, consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Más ello no será fácil porque estas tierras son sagradas para nosotros. El agua centelleante que corre por los ríos y esteros no es meramente agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos estas tierras, tendréis que recordar que ellas son sangradas, y deberéis enseñar a vuestros hijos que lo son, y que cada reflejo fantasmal en las aguas claras de los lagos, habla de acontecimientos y recuerdos en la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los ríos llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si os vendemos nuestras tierras, deberéis recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y hermanos de vosotros; deberéis en adelante dar a los ríos el trato bondadoso que darías a cualquier hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro, porque él es un extraño que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermano, sino su enemigo. Cuando la ha conquistado, la abandona y sigue su camino.

Deja detrás de él la sepultura de sus padres sin que le importe. Olvida la sepultura de sus padres y el derecho de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el Cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fueran corderos y cuentas de vidrios. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras de sí sólo un desierto.

No lo comprendo. Nuestra manera de ser es distinta de la vuestra. La vista de vuestras ciudades hace doler la vista del hombre de piel roja. Pero quizás sea así porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el rozar de las alas de un insecto.

Pero quizás sea así porque soy un salvaje y no puedo comprender las cosas. El ruido de la ciudad parece insultar a los oídos. Y ¿qué clase de vida es cuando el hombre es incapaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna de la rana alrededor de la laguna? Soy un hombre de piel roja y no lo comprendo. Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cara del lago y el olor del mismo viento, purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos.

El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento: el animal, el árbol y el hombre. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Al igual que un hombre muchos días agonizante, se ha vuelto insensible al hedor.

Más, si os vendemos nuestras tierras, debéis recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que sustenta. Y si os vendemos nuestras tierras, debéis dejarlas aparte y mantenerlas como sagradas, un lugar al cual podrá llegar incluso el hombre blanco a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera.

Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, pondré una condición: que el hombre blanco deberá tratar los animales de estas tierras como hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de conducta. He visto miles de búfalos pudriéndose sobre la pradera, abandonados allí por el hombre blanco, que les disparó desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo cómo el humeante caballo de vapor puede ser más importante que el búfalo que sólo matamos para poder vivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Porque todo lo que ocurre a los animales pronto habrá de ocurrir también al hombre. Todas las cosas están relacionadas entre sí.

Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red, se lo hará así mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia.

Aún el hombre blanco, cuyo Dios se pasea con él y conversa con él de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Quizás seamos hermanos después de todo. Lo veremos.

Sabemos algo que el hombre blanco quizás descubra algún día: que nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pensáis quizá que sois dueños de Él, tal como deseáis ser dueños de nuestras tierras, pero no podréis serlo. El es el Dios de la Humanidad, y su compasión es igual para el hombre de piel roja que para el hombre blanco. Esta Tierra es preciosa para Él, y causarle daño significa mostrar desprecio hacia su Creador. Los hombres blancos también pasarán, tal vez antes que las demás tribus. Si contamináis vuestra cama, moriréis alguna noche, sofocados por vuestros propios desperdicios. Pero aún en vuestra hora final os sentiréis iluminados por la idea de que Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con algún propósito especial. Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando los búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen olor a muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de alambres parlantes.